martes, 25 de enero de 2022

No voy a escribir sobre covid, pero...

Muchos de mis lectores me preguntan cuando voy a escribir una novela sobre nuestra experiencia hospitalaria durante la pandemia. Siempre respondo lo mismo: ¡Nunca! Pero..., sí, hay un pero... Os dejo con uno de los relatos del libro "Divinas semillas" y veréis que en 2016, fecha en que se publicó, el relato cuenta una realidad ficticia que en 2020 dejó de serlo. Gracias por vuestro interés.


La negra noche

 

Et ecce equus pallidus et qui sedebat desuper nomen illi Mors et inferus sequebatur eum et data est illi potestas super quattuor partes terrae interficere gladio fame et morte et bestiis terrae

 

 

Miré, y vi un caballo pálido. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra.

                            Apocalipsis 6.8

 

Durante los dieciséis siglos que el faro llevaba iluminando la isla y señalando la peligrosa costa, nunca un solsticio de verano se había descubierto de un modo tan brillante. La luz bañaba cada rincón de las salinas. La sal refractaba los rayos que incidían sobre ellas, que llenaba el cielo de un azul tan intenso que casi se podía tocar. Desde lo alto del faro ni un ápice de bruma ensuciaba el horizonte. Sobrecogidos por el espectáculo no podíamos dejar de observar aquello que durante centurias las nieblas habían censurado. El resto de las islas del archipiélago se perfilaban como el carbón en un papel inmaculado. La belleza era tanta que causaba terror. En los treinta y tres años que Theodorus y yo llevábamos cuidando la luz del faro, encendida por Egantheós casi dos milenios atrás, nunca nos habíamos sentido tan desnudos y desprotegidos. En los manuscritos jamás se había registrado un día tan azul e intenso como el de hoy.

 Una balsa a la deriva, como tantas otras que durante años se aproximaron a la costa —una sombra en la vigorosa luz— puso el contrapunto para comprender la apabullante belleza de la que éramos testigos.

Asomándome desde la linterna conforme se acercaba la balsa a la isla, miré y vi un caballo pálido, el que lo montaba parecía un moribundo. El que lo seguía tenía un aspecto deplorable, a sus pies tres bultos humanos se agitaban nerviosos. Vestidos con unas túnicas pardas acentuaban el misterio de la visión delatando que nada propicio se acercaba a la isla.

Theodorus, al que sus padres latinizaron el nombre por la novedad de un naufragio anterior, se desmayó al no poder soportar la escalofriante visión. Acudí a sus pies al oír el golpe de su cabeza contra el suelo, yo estaba limpiando las cenizas del hogar que alimentaba la luz del faro y al llegar a su lado lo encontré muerto. Mi corazón murió con él. Nunca más mi rostro dibujó una sonrisa. Nunca más pude ver mi reflejo en un espejo, la reverberación que el metal devolvía no era yo. La muerte de Theodorus fue mi muerte. Esa visión sobrenatural mató a mi amado, pero él solo fue la primera de las muchas víctimas que traería la balsa.

Bajé como pude los setenta y cinco escalones de piedra desde la linterna del faro hasta su base llevando su cuerpo en mis brazos, apoyado en mis caderas. No sé de donde saqué la fuerza. Hoy sería incapaz de repetirlo. Lo tumbé al lado de la chimenea, pensando que el fuego le devolvería el alma que la luz le había robado. ¡Vana ilusión! Todo estaba perdido. Todo estaba escrito.

Hice sonar el cuerno de avisos con el poco aliento que me quedaba. El sonido conocido por los oídos isleños era infalible. Todo Chelemare se reunía en torno al inmaterial patrimonio de su voz cada vez que lo oían. El cuerno siempre era una señal de alegría: el eco del salvamento de náufragos. Nuevas vidas que llegaban a la isla a través de las nieblas que la protegían se unían a la prosperidad que nos proporcionaba esta mágica tierra. Conforme los habitantes iban llegando, su alegría cambiaba por miedo. La cada vez más clara visión de los oscuros náufragos acercándose a las salinas dinamitaba las sonrisas de bienvenida. La algarabía se transformó en silencio. El silencio en muerte.

Antes que la balsa arribase a las salinas anuncié el accidente de Theodorus. Los vecinos y amigos se abalanzaron sobre mí para consolar mi desgarrada pena. Me acompañaron al interior de la casita del faro y honraron a mi amado difunto con una consideración y un dolor que solo da la muerte de un ser querido y respetado. Neartés llegó a la playa más tarde que el resto de los ciudadanos y al ver la aglomeración en la puerta de la casa pidió permiso para entrar.

Las caras de los allí reunidos no hacían presagiar nada bueno. Entró en la estancia. Al ver el cuerpo lívido de Theodorus, con un hilillo de sangre reseca saliendo por sus comisuras y tras el hombro un reguero rojo aún latiendo, se arrodilló ante él y cogiéndole las manos, las apretó contra su pecho sin decir palabra. Dirigió sus ojos hacia mí y, con la voz temblorosa, anunció que después de dar la bienvenida a los visitantes, se amortajaría al cadáver, siguiendo el ancestral rito de inmersión del difunto con piedras, pasando a formar parte del mar que nos rodeaba.

Neartés, antepasada de Neartós, primer dibujante de mapas de la isla, gobernaba Chelemare con gran sabiduría. Su espíritu sosegado y valiente la hacía imperturbable. Al llegar a las salinas y ver el desagradable y deteriorado aspecto de los náufragos, tomó una decisión sin precedentes en la historia de la isla: los extranjeros no podrían entrar en el pueblo. Además, el cuadrúpedo que traían no era un onagro, y no quería que la raza de la isla se perdiera por la mezcla malsana del animal que llegaba.

Se dirigió a dos de los médicos, Beningnus Maester y Astanius Pueri, que se habían congregado como otras veces ante la llegada de visitantes. Estos, junto con Neartés, al ver el aspecto de los aparecidos con pústulas, bubones tremendamente hinchados, manchas oscuras en la piel y un fuerte olor a detrito, decidieron que deberían pernoctar en el campo de dunas que se extendía entre la playa y los primeros tarajales convertidos en bosques de pinos cumbres arriba. Nunca antes ningún Principal de la isla había actuado así. Pero el deplorable aspecto de los recién llegados le pareció tan mortalmente premonitorio que no le quedó otra opción.

Siglos después siempre sería recordada como Neartés Libertaria, por salvar a la isla de la extinción de sus habitantes.

 

Mandó excavar un hoyo en la arena de la playa. Con cañas, palos y barro se levantó una barrera de seis varas de largo por seis de ancho para recoger a los desamparados forasteros, y así evitar la dispersión de los recién llegados, que permanecían varados en las salinas, vigilados por dos soldados.

Con el cuidado que da el miedo rescataron a los cinco hombres. Una vez lavados con agua de mar y jabón de algas, les dieron ropa limpia y seca. La que vestían se quemó.

Comida, agua y un vino que elaboramos en la isla, áspero y salino, reconfortó el encierro. Con hojas de palmeras hicieron unos catres para evitar que la humedad de la arena afectase su mermada salud. Sin decir palabra se acostaron, se selló la puerta para que no hubiese comunicación posible entre los ciudadanos y los recién llegados. Todos esperábamos alguna acción más por parte de los médicos, ellos sabían que cualquier enfermedad se atajaba de dos maneras, con la separación o con la muerte. La única forma de acertar era incomunicándolos.

Al caballo moribundo, viendo como sufría espasmos musculares, le dieron cicuta que devoró con avidez, y lo devolvieron al mar en la balsa. En poco tiempo contemplaron como caía arrodillado en manos de la parca.

Una vez los enfermos se durmieron, Neartés pidió voluntarios para cuidar a los visitantes. La primera noche ofrecí quedarme cerca de ellos, quería enmascarar con compañía ajena la pérdida de Theodorus. Neartés no me lo permitió. «Tu obligación es velar a tu esposo. Ve con él, llora a voz en grito o en silencio, pero llora como excelente cónyuge que has sido. Hoy debes permanecer a su lado. Otros voluntarios vigilarán por ti».

La guardia establecida era tanto por nuestra seguridad como por las necesidades de los llegados; sed, hambre, frío...

En toda la noche no ocurrió nada. Temimos por sus vidas y por el posible contagio de tan extraña enfermedad nunca vista en la isla.

 Al día siguiente uno de los vigilantes esto me contó: «La noche fue tranquila. Me quedé adormilado contra los postes de madera de la valla, hasta que el escozor de una pulga me despertó. La pude pillar a tiempo y estrujándola con mis dedos la reventé, viendo como mi propia sangre nutría su cuerpo. Me acerqué a los tarajales y con barro y sal reduje la hinchazón, bebí agua fresca, y seguí en vela hasta que de madrugada volvieron los médicos para comprobar el estado de salud de los náufragos. Tenían peor aspecto que el día de la llegada, pero parecían tranquilos». Todo esto quedará escrito y pasará a formar parte de la historia isleña, le dije, agradeciendo su ayuda.

Mientras hablábamos llegó Neartés vestida de luto por la muerte de Theodorus. Venía con un séquito de plañideras con lágrimas de verdadero dolor. Empezamos el rito del entierro. Una multitud nos acompañaba.

Pusimos el cuerpo de mi amado en la barquilla—sepulcro, una frágil nave pensada para el último viaje. Un cortejo fúnebre de barcas con crespones lo acompañó a alta mar. Cada batel llevaba una piedra que al pasar al lado de la barquilla—sepulcro, uno de los tripulantes depositaba encima del muerto. La última roca era lanzada por el familiar más cercano con ayuda de un soldado llamado falcario de la muerte. Esta vez me tocó a mí el triste papel. El impacto de la postrera piedra hundía la sepultura definitivamente. Esa gran piedra estaba atada a una soga que tenía incrustados cristales de sal, conforme la barca se sumergía iba arrancando la piel de las manos de quien la sujetaba. El dolor físico de las manos ensangrentadas aliviaba el dolor del alma. Ambos dolores se encontraban en el pecho del que se quedaba para, de este modo, jamás olvidar al ser querido. El falcario de la muerte, con la hoz que portaba, vigilaba el proceso por si el doliente desesperado se lanzara al agua suicidándose para aliviar su pena, cortando la cuerda en caso de necesidad.

El ritual debía ser lo más digno y honorable posible. La gente de la isla creía que si no se proporcionaba al fallecido un entierro como era debido, el espíritu vagaría eternamente sembrando el miedo y la desgracia por la costa. Por último, unas flores lanzadas al agua eran engullidas por la espiral que se formaba al hundirse la sepultura.

 

Una vez concluyó el entierro volvimos al recinto de los náufragos. Uno de ellos había fallecido. Los otros estaban tan enfermos que no se habían dado cuenta de la muerte del compañero marítimo.

Neartés y los médicos no se decidían sobre cómo actuar con ellos. Beningnus Maester, el más viejo de los dos galenos, propuso una infusión de seminibus in deum con vino caliente, para observar el efecto que producía.

Neartés no estaba de acuerdo, las semillas no causaban efecto cuando se usaban con sentimientos desvinculados del amor. Ella, Astanius Pueri y el resto de los presentes teníamos miedo. El miedo no era una buena arma para hacer florecer las semillas causando el efecto beneficioso que de ellas se deseaba. Beningnus Maester insistía en usarlas, pero él era de los pocos en la isla que no abrió su corazón ni a hombres ni a mujeres. Era estéril en ese campo, aunque erudito en la ciencia, nunca supo de los placeres ni los frutos que el sentimiento del amor aportaba.

Desde un vano que se había dejado en uno de los lados de la empalizada, veíamos cómo los cuatro hombres que quedaban estaban cada vez más deteriorados, vomitaban sin cesar y apenas se podían poner de pie.

Por fin, viendo el lamentable estado de los enfermos, decidieron utilizar las seminibus in deum.

Hirvieron vino, introdujeron las semillas y lo dejaron macerar. Cuando se enfrió buscaron a dos vecinos que lo dieran de beber a las pobres víctimas de la enfermedad desconocida. Yo tenía tanta necesidad de distraer mi mente, que, junto con Astanius Pueri, nos presentamos voluntarios para administrar la medicina; él como médico, y yo como quien escribe. Al entrar en el recinto, el joven se quejó de un pinchazo en una mano pensando que se había clavado una astilla de la empalizada. No le dio importancia hasta que un segundo pinchazo en mi brazo me hizo ver una pulga que se cebó con mi sangre. Le di un manotazo y vi su pequeño cadáver aplastado entre el vello de mi extremidad. Ofrecimos el néctar curativo a los náufragos que agradecidos lo tomaron ansiosos, esperando su salvación. Su cuerpo no toleró el brebaje, un último vómito sanguinolento puso fin a sus vidas. Astanius Pueri y yo salimos del recinto despavoridos y asqueados. El olor fecal era tan nauseabundo que nos hizo vomitar. Al mirar hacia atrás vimos las semillas desperdiciadas en el suelo, que flotaban en el humor mortuorio.

Nadie en la isla había asistido a una muerte así. Neartés, muy asustada, decidió que los cuerpos no se podían lanzar al mar. Pensó en el peligro que supondría contaminar las aguas, la pesca, las algas y su entorno. Meditativa recordó la balsa con el caballo muerto, y cayó en la cuenta de que la marea podría devolverlo a la playa. Mandó a los pescadores que fueran a buscar la tumba flotante. Ni Beningnus Maester ni Astanius Pueri entendieron su proceder. Ambos callaron viendo que la decisión de administrar las semillas no fue efectiva. Sin apenas fuerzas fui a descansar. Deseé no despertar jamás. ¡Cuidado con lo que deseas!, pensé, ¡cuidado con lo que deseas!

El humo que entraba por la ventana de la habitación adosada al faro y un olor a carne quemada me despertaron. Al asomarme al dintel de la puerta vi la gran fogata que se elevaba muchos pies sobre las cabezas de los más cercanos. Nunca sabremos cómo a Neartés se le ocurrió la idea de incinerar los cuerpos de los difuntos junto al del caballo. Un rito que provenía de las lejanas tierras más allá del Indo, antes jamás practicado en la isla. Todos acataron la decisión.

La cremación de los cuerpos se realizó sobre una gran pira dentro del mismo recinto construido para aislarlos del resto de la isla a su llegada. Me acerqué y narraron lo ocurrido para que tomara nota y quedara registrado en los documentos de la isla. Así lo hice.

Diez días con sus diez noches ardió la pira. Los habitantes de Ventolto, el pueblo de la montaña, que solo aparecían por Chelemare para el trueque de pescado por productos de sus huertas y algún que otro asunto amoroso entre jóvenes, bajaron presurosos por si estaba ardiendo el pueblo de la costa. Esos actos de solidaridad ataban vínculos de los de arriba con los de abajo, junto con algunos matrimonios que se formalizaban entre ambas poblaciones. El lema que nos unía: inter nos vivere in pace, limaba muchas asperezas que algunos rencorosos guardaban desde la llegada de los navegantes de oriente dieciséis siglos atrás, alimentando la creencia de que los forasteros habían expulsado de la costa a los antiguos habitantes insulares.

Algo que según consta en los escritos nunca fue así.

Habían transcurrido cinco días desde que la pira se había apagado, pero el olor persistía por todo Chelemare. Las nieblas habían vuelto a proteger la isla. Mi corazón por la pérdida de mi amado vivía en la oscuridad. Subí a la linterna del faro, a limpiar las cenizas de la noche y a resguardar la llama encendida por Egantheós. No pude terminar el trabajo. Empecé a vomitar sangre a borbotones. Bajé a lavarme y en el espejo de bronce vi las mismas manchas negras que traían los visitantes. Toqué el cuerno, y de nuevo la población se congregó a su llamada. Expliqué a Neartés lo que me estaba ocurriendo, pero no fue necesario entrar en detalles. Al ver mi rostro manchado entendió que había enfermado. Pedí cicuta para aliviar los dolores y azuzar a la muerte. «Cuanto antes mejor, expliqué».

Horrorizada ante mi deseo, Neartés derramó una lágrima insolente que descubría sus afectos hacia mí, sentimientos amorosos que yo nunca compartí. Se negó a darme la cicuta. Había que encontrar una solución menos drástica.

Beningnus Maester, me pidió que relatara qué había hecho desde la llegada de los visitantes malditos a la isla. «Nada que recuerde fuera de lo cotidiano, dije». Busqué en mis pensamientos cómo habían transcurrido los días. En el silencio recordé la muerte de Theodorus y la herida se reabrió en mi alma. El espléndido día sin nieblas protectoras, la mortaja de mi amado y el doloroso entierro. Mis manos heridas por la soga... nada más. Como un destello recordé el dolor y quemazón del aguijón de la pulga, y así lo expliqué.

El médico maestro presintió que la pulga podía ser la causante de la enfermedad, examinó mi brazo, pero no había rastro de la picadura. Astanius Pueri se adelantó y todos pudimos ver su rostro demudado y con alguna incipiente mancha gris.

Hablando para todos relató que a él también le ocurrió lo mismo. Notó la dolorosa picadura de una pulga, al igual que le sucedió al vigilante que se adormiló junto a la valla el primer día. Contó que hacía dos jornadas empezó con unas fuertes diarreas que achacó a algún alimento que había comido en mal estado, pero hoy, siguió diciendo, empezó a vomitar. En su casa no tenía espejos y no pudo comprobar si su rostro estaba manchado.

El silencio de la congregación mirando al joven médico le dio el diagnóstico. Un murmullo fue creciendo en torno a él, roto por el vómito de unos de los pescadores que fueron a buscar el caballo muerto a la balsa. Neartés pidió que todos los que habían tenido contacto directo con los náufragos se agruparan en torno a nosotros. Resultó un grupo de veinticinco personas. Calló pensativa y enigmática. Cuando rompió su silencio, ordenó que todos los aguijoneados por el pequeño animal nos reuniéramos a las puertas del faro y los que no, se separaran de los asaeteados. Quedamos quince en un lado y diez en otro. Neartés se reunió con Beningnus Maester. Hablaron largo rato en voz muy baja, nadie pudo oír lo que decían. Por fin el médico explicó cómo iban a proceder. Los quince que fuimos víctimas de las pulgas, entraríamos en el faro. Encalaríamos la habitación principal, estaríamos aislados del resto de la población de Chelemare recibiendo alimento y agua por la ventana abierta en la base de este y saldríamos de allí cuando estuviéramos curados. Los otros diez se reunirían en una de las casas cercanas a la playa, también se pintaría con cal y se actuaría del mismo modo. Quedándose aislados por si aparecían los síntomas.

Al segundo día de estar encerrados, todos presentábamos grandes bultos en el cuello. Las manchas de nuestros cuerpos, en un principio pardas, se iban volviendo cada vez más oscuras, dibujando el mapa de nuestro destino. Un destino que se nos ofrecía largo y doloroso. Pregunté desde el ventanuco del faro cómo iban los afectados de la casa de la playa, ninguno había desarrollado los síntomas. Nos alegramos por ellos. El tercer y cuarto día los dolores eran tan espantosos que nos reunimos para pedir de nuevo a Neartés la cicuta. Ella no quería sacrificar a quince de sus conciudadanos, pero al quinto día, cuando tres amanecieron muertos, pedimos que nuestros anhelos fueran escuchados. La muerte rápida era una bendición. Por todo Chelemare se oían los llantos de sus gentes. Algunos dejaban a hijos, otros a padres, madres, esposos...

El dolor físico no se diferenciaba del dolor espiritual. Agónicos decidimos hacer una última petición al pueblo que nos lloraba incluso antes de morir. Pedimos ser incinerados. No queríamos manchar las azules aguas que rodeaban la isla.

Nuestros deseos fueron concedidos. La tarde del quinto día, la propia Neartés nos trajo la cicuta. Cuando a través de la ventana me la acercó, vi en su rostro una angustia que jamás le había conocido. Con voz temblorosa pero decidida, lo que me propuso me causó tanto dolor como la muerte de mi amado, la de mis vecinos y la mía propia: me obligó a apagar la luz del faro, una luz que por nuestra debilidad, a duras penas podíamos mantener encendida.

La luz que hacía dieciséis siglos había encendido el capitán Egantheós debía ser apagada. Luz viva, alimentada por las promesas de amor que las parejas de fareros mantuvieron encendida, la simbólica llama de la isla, debía extinguirse. Nunca entendí su decisión. Me dijo que la oscuridad protegería el territorio. Era por nuestro bien. No tuve fuerzas suficientes para negarme, aunque al hacerlo, me hubieran acusado de traición. Su orden era irrevocable, al día siguiente después de tomar el veneno derramarían cal por el ventanuco del faro, hasta que esta nos sepultara y purificara los malos humores. Dos semanas más tarde abrirían el catafalco y respetarían nuestro deseo del fuego. Neartés me pidió que diera las gracias a todos por el sacrificio, que les comunicara que honraría nuestra generosidad, haciendo quince piras distintas, una para cada uno de los difuntos, con la intención de que nuestras familias pudieran despedirnos en torno a las hogueras que simbolizaban a los auténticos salvadores de Chelemare.

Pregunté de nuevo por los otros diez hombres encerrados en la casa de la playa, me llenó de alegría saber que seguían sanos, parecían estar a salvo. La sabiduría de esta dama principal, emparentada con la sangre de Egantheós iba a salvar a toda la población de la isla.

Nos dispusimos a tomar la cicuta, pero justo antes de hacerlo una luz iluminó la poca fuerza que me quedaba. Si vertían la cal quemarían todos los manuscritos que narraban la historia de nuestro pueblo. Debíamos evitarlo. Aun agotados, apilamos piedras en la escalera que bajaba hasta la habitación de los archivos.

Pedimos que nos trajeran argamasa y lajas de la playa. Nadie preguntó el motivo. Pensaron que el dolor y la muerte nos habían quitado la poca cordura que nos quedaba. Fueron llegando cubos con el mortero hasta que el hueco estuvo lleno. No fue una gran obra, pero al menos los archivos quedarían a salvo, y con ellos se preservaría nuestra historia.

Por fin ha llegado el momento. Antes de amanecer, los pocos que quedamos vivos tomaremos la cicuta y descansaremos.

Apenas puedo terminar estas líneas. Mi nombre nunca tuvo tanto sentido para mí como en esta noche. Mis progenitores me explicaron que era una palabra proveniente de las montañas más altas de Iberia, el pueblo de los Jacetanos. Mi nombre lleva conmigo una profecía. He sido el ser marcado por los dioses para traer la oscuridad y la noche en la llama apagada de Chelemare, una tierra amada y que me hizo feliz.

Nunca la isla había estado sumida en semejantes tinieblas, y si lo estuvo, no está escrito ni en tablillas ni en pieles curtidas ni papel. La brillante luz del solsticio de verano fue la detonación del episodio más triste jamás escrito. No puedo recordar las caras de mis padres ni la de mi adorado Theodorus ni casi la mía deformada por las pústulas y el dolor.

Deseo reunirme con mi amado en algún lugar entre el fuego y el agua. Mi nombre es Nuey, «noche» en la lengua de mis padres, varón o hembra da igual quien lo lleve, vosotros decidís, pero dejadme que este último manuscrito lo firme como Nuey de Theodorus.

Chelemare, 23 días después del solsticio de verano.

Año 1640 D.N.

Anno Domini 1340. 




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martes, 17 de agosto de 2021

Y si nuestra próxima novela ocurriese en un lugar mágico y paradisiaco...

 


Fue a principios de los años noventa cuando llegamos por primera vez a La Granja. Fran Torres estaba trabajando ese verano de 1.993 en el maravilloso  pueblo segoviano y no cejó en su empeño de que fuera a visitarle hasta que aparecí allí, en alas de La Sepulvedana, un veinticinco de julio.

Nos enamoramos de La Granja ipso-facto enaltecidos por la belleza de sus cielos, sus jardines y sus gentes. De ese primer encuentro compartido vinieron muchos más. Año tras año la seducción que emana este lugar nos ha convertido en adictos a él. Lo hemos hecho nuestra íntima y casi única zona de calma. Y un día, en plena pandemia del Covid-19, surgió la idea de crear una novela de ficción enmarcada por la componente mitológica y mágica de sus jardines. Y en este momento estamos trabajando duro para que el próximo verano no dejéis de visitar tan mágico lugar, antes, durante o después de leer esta nueva aventura de los detectives Héctor Méndez y Nieves García. Y por supuesto no deberéis marcharos de la Granja sin probar los judiones de Casa Zaca, cenar un pizza en Dumbo y deleitaros con el mejor ponche segoviano del mundo en la Pastelería Farnese.


Fuente del Canastillo - ilustración digital ©javiercomas
                                                            


                                                                    


Fuente de La Selva -  ilustración digital  ©javiercomas



Pomona y Vertumno - ilustración digital  ©javiercomas




Mercurio rescata a Psique del Hades. Fuente de Las Ocho Calles - ilustración digital ©javier comas



                              
Fuente de La Fama -  ilustración digital ©javiercomas

 
Leto y sus hijos Apolo y Diana en la Fuente de Las Ranas -  ilustración digital ©javiercomas



Cenador Real o Costurero de la Reina - ilustración digital ©javiercomas



El Palacio desde la fuente de Los Dragones Altos - ilustración digital ©javiercomas



Pinsapo plantado en el parterre de la Plaza de España de
San Ildefonso por don José  Heras Santos, abuelo de doña
Mercedes Heras Vallejo quien tanto ha aportado a este libro

 ilustración digital ©javier comas
     

Balcón con figura en el Parador Nacional de La Granja
 ilustración digital ©javier Comas














sábado, 21 de noviembre de 2020

De libros y músicas.

    El pasado 20 de noviembre de 2020 tuvimos una firma de libros en la simpática librería / floristería de Móstoles Des-hojas flores y libros. Lo mejor de estos encuentros con los lectores es que aquellos que han leído el libro pueden comentarte sus impresiones, afortunadamente casi siempre positivas. A raíz de un comentario que me hizo uno de ellos acerca de las canciones y músicas que aparecen en el libro —Sergio, así  se llama el lector—, me dijo que se había detenido, mientras leía el libro, a buscar algún tema de los que nombraba uno de los personajes: Jesús, un melómano incurable y pareja de Julián, bautizados por Aurora, la primera pareja de Héctor, como los Jota-Jotas. (Sus alter ego dan tumbos por la redes sociales  personificados  por dos muñequitos de Play-mobil, seguro que los que me seguís habitualmente os suenan). Bien, a lo que iba, el comentario de Sergio me dio la idea de escribir esta entrada para facilitaros a los lectores inquietos la búsqueda de cada tema, así que si os apetece os dejo el listado con enlaces en You Tube para que viváis aún más de cerca ¿Cuántos piercings caben en una oreja? mi último libro con un magnifico guión de Fran Torres. ¡Disfrutadlo!

    La primera referencia musical que nos encontramos en la página 27 es The more I see you de Chris Montez, aunque en el libro el título de la misma aparece como I see you.

 ¿Quién me ha robado el mes de abril?, se lamenta Joaquín Sabina junto con Nieves García, mientras esta, tras una ventana. contempla una fría mañana madrileña en plena primavera... página 29.

     Lucía Abasolo, sabiendo que sus amigos Nieves y Héctor se van de crucero a Brasil les tararea la conocíidísima: Brazil, estamos en la página 47, esto promete. (Nota, seguro que si tenéis más de 50 años conocéis esta versión).

    En la página 117, Jesús comenta con ironía Mais que nada de Sergio Mendes, ¿quién no conoce este tema?

    Y en la página 128, de nuevo Jesús, se agarra a una canción para hacer un sarcástico comentario al sonar un tema de Judy Garland The man that got away.

    En la página 138 no aparece ninguna canción en concreto pero si se nombran distintos tipos de melodías y dos grupos canarios: Los Sabandeños y Mestisay. De esta última formación he elegido Agüita, ya que en la página 152 un agudo y simpático camarero le canta el estribillo a Venetía —la camarera que ayudará a Héctor y Nieves en el crucero—.  De los conocidísimos  Los Sabandeños os dejo con: Contigo en la distancia, seguro que Julián, atracando en el puerto de Las Palmas, acabaría muy emocionado con estos temas.

    Y si hablamos de canciones de amor y desamor francesas que os parece esta, La chansonn des vieux amants con el gran Jacques Brel.

   Claveles o bisturís, que más da llevarlos en la boca si su finalidad es matar. Esta referencia musical la podéis leer en la página 193 ¡Atención a las féminas!, el vídeo está interpretado por el guapísimo tenor alemán Jonas Kaufmann.

   ¿Creías que no iba a hacerle un guiño a la gran María Callas, escuchad su Sempre Libera, página 233.

    Página 237 estamos en el Guggenheim de Bilbao y suena Money de Pink Floid.

    En la segunda parte aparece un curioso personaje llamado Vida Regalada, a ese personaje van ligadas varias canciones, pero no os puedo contar nada más. Páginas 265, 269 y 270.

Don't cry for me Argentina, canta Patti Lupone.

Over the rainbow, por JudyGarland

Bernardette Peters, no se nombra ninguna canción de ella, pero sí a ella, os dejo con su emblémática: Not a days goes by

    Y, en un cambio absoluto de registro, Vida Regalada también nos obsequia con esta pieza del compositor rumano Gyögy Ligeti Lux aeterna. Esta bellísima y disonante composición aparece en la banda sonora de 2001, una odisea espacial. Si la escucháis con los ojos cerrados creeréis que es música electrónica o ejecutada con instrumentos electroacústicos, nada más lejos de la realidad, es la voz humana llevada a un lirismo extremo.

    Y hablando de extremos Nieves propone Bambi a Jesús, y es que a veces esta mujer... ¡tiene unas cosas...! Ambas en la página 324.

    En la página 341 Héctor  Méndez y su amigo portugués Nicolau recuerdan que, años atrás, hubo Malos tiempos para la lírica.

Para terminar en la página 377 nos encontramos con Sola, perduta, abandonata... de Manon Lescaut, Puccini. ¿Qué le ha ocurrido a la detective Nieves García para hallarse en semejante estado?

    Tomaros vuestro tiempo para disfrutarlas o bien intercalarlas en la lectura.

¡Ah!, una cosa más, en el libro se nombra un vino —Garnatxa blanca—, si os apetece catarlo solo tenéis que hacer clic en este enlace: Bernaví — Garnatxa Blanca.

Bonus track: Ya que solo he puesto un fragmento de Sola, perduta, abandonta... os dejo tres versiones más, por si os apetece comparar.

Kiri Te Kanawa

Monserrat Caballé

y la divina María Callas, de nuevo.


lunes, 4 de mayo de 2020

¡Nos vamos de crucero!, ¿embarcamos juntos? ¡LA TRILOGÍA YA ESTÁ AQUÍ!



Estamos a vueltas con nuestro nuevo libro, el cual sin la idea primigenia de Fran Torres no existiría, es más, sin Fran, creo que no existiría ni yo. Nuestro nuevo relato, afortunadamente ya terminado pero en proceso de corrección, pronto llegará a puerto. Posiblemente zarparemos en octubre.  Mientras tanto puedes, si aún no lo has hecho, descubrir  la duda que atenaza al detective Héctor Méndez en las últimas líneas de la ficción  «No tengo edad», esa duda da pie al desenlace de «¿Cuántos piercings caben en una oreja?». Puedes hacer tu reserva en Des-hojas flores y libros en calle Parque Vosa  y en El baúl de sueños en la calle Río LLobregat, ambos establecimientos situados en Móstoles. Y por supuesto en Amazon.es, como siempre.